Hablar de uno mismo nunca es sencillo. Pero si algo he aprendido detrás de una cámara es que las historias merecen ser contadas. Y esta es la mía.
Nací en Zamora. Y no es solo un dato biográfico: es una raíz, una identidad visual y emocional que atraviesa todo lo que hago. Zamora no es únicamente el lugar donde crecí, es un escenario permanente, una fuente inagotable de luz, textura y relato. Siempre que tengo la oportunidad, colaboro en la creación de piezas audiovisuales que promocionan la ciudad, sus tradiciones y sus eventos. Porque contar Zamora es, en cierto modo, contarme a mí.
Mi vínculo con el audiovisual comenzó muy pronto. Antes de entender conceptos como narrativa, encuadre o ritmo de montaje, ya intuía que la cámara servía para preservar lo esencial. Cogía la videocámara doméstica de mi padre para registrar momentos familiares, intentando —sin saberlo— construir memoria visual. Con apenas tres años ya programaba el vídeo para grabar mis dibujos animados favoritos; con doce, me atreví a documentar la boda de mi tío, alternando fotografía y vídeo con la naturalidad de quien descubre su lenguaje.
Formalicé esa vocación estudiando Fotografía en el Instituto La Vaguada de Zamora y, posteriormente, Cine y Vídeo. Ahí comprendí que no se trataba solo de grabar, sino de narrar; no solo de iluminar, sino de emocionar; no solo de montar, sino de dar ritmo y sentido.